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dissabte, 26 de març del 2016

diumenge, 5 d’abril del 2015

Viu!


"Per què busqueu entre els morts aquell qui viu? 
No és aquí: ha ressuscitat." (Lc 24,5)

dilluns, 30 de setembre del 2013

dijous, 16 de maig del 2013

El que necessito


Necessito
millorar
fer el bé
ser més feliç
ser estimat
ser més ric
Jesús

dijous, 4 d’abril del 2013

Un viratge


De Diálogo


Un viraje significativo en el debate del sacerdocio femenino

Si las mujeres pueden, o no, participar del poder jerárquico de la Iglesia es una cuestión que, a partir de mediados del siglo XX, y en lo que va del actual, ha experimentado en forma progresiva un giro positivamente favorable. (Por lo menos en lo que atañe a la razonabilidad del concepto, aunque no todavía en las con-secuencias prácticas).

¡Qué distinto es hoy el enfoque de este tema respecto de épocas pasadas!... Antes, imperaba la uniforme mentalidad de que el género femenino debía permanecer ajeno al orden sagrado, que era un sacramento “reservado en exclusividad a los varones”. Las mujeres, por serlo, quedaban excluidas del mismo...

Pero, tras los avances de los estudios investigativos, se ha logrado esclarecer la verdad acerca de este y de muchos otros asuntos. Merced a la versación y a la tesonera labor de numerosos especialistas en el campo teológico, bíblico e histórico, se ha proyectado una nueva y meridiana luz sobre datos y testimonios de la Sagrada Escritura y de la Tradición patrística, que, hasta hace unas décadas permanecían como disimulados o tal vez olvidados. Pues bien, esos datos y testimonios han sido “redescubiertos”, para expresarlo de algún modo, por hermeneutas y teólogos cristianos, los cuales, en el ejercicio de su rol tan meritorio, casi insustituible, nos muestran con suficiente claridad un hecho inocultable como el siguiente:

Las mujeres, en la Iglesia primitiva –matriz original de la verdadera Iglesia–, no sólo descollaron (tal cual ha sucedido siempre hasta nuestros días) por su fe y devoción, por su constancia en el trabajo y en el sacrificio, sino que, además, muchas entre ellas, sin ningún tipo de impedimento en razón del género, fueron dotadas de “poderes sagrados” junto con los ministros varones. Dentro de una extensa lista, nos permitimos mencionar por lo menos a Evodia y Síntique (Filipenses 4, 2-3); a Prisca, esposa de Áquila (Romanos 16, 3); a la “hermana” Apia (encabezamiento de Filemón); a Febe, investida del diaconado (Romanos 16, 1)

Pero el caso más notable y definitorio es el de una mujer (JUNIA), perfecta-mente identificada, la cual, sin lugar a dudas, fue nada menos que apóstol, a la par de los varones, y apóstol de “diez puntos”. A eso equivale la calificación que le asignan san Pablo en Romanos 16, 7 y después de él san Juan Crisóstomo, en un encomiástico sermón en su sede episcopal de Constantinopla (sobre el particular volvemos más adelante).

Está claro que la inclusión de mujeres, junto con los varones, en el nivel jerárquico, representa para el observador imparcial un rasgo objetivo de la Iglesia primitiva –auténtica raíz de la Iglesia pensada y querida por Cristo y los apóstoles–. Y según todos los indicios, esa fue la realidad en la conducción eclesial hasta mediados del siglo II cuando, por razones desconocidas, tal vez de orden práctico o disciplinario, las mujeres quedaron “de facto” excluidas del grupo jerárquico en significativas zonas, aunque en otras se mantuvieron hasta el siglo XIV. Desde entonces –lo que parece increíble–, ellas siguen ausentes del ministerio sacro, víctimas de la inercia y los prejuicios.

No se puede ocultar que, durante las recientes décadas, se ha producido dentro del debate sobre el sacerdocio de las mujeres un giro de ciento ochenta grados, el cual nos está mostrando un antes y un después, diametralmente opuestos. En épocas anteriores, sustentar la tesis a favor de la ordenación de las mujeres equivalía en el ambiente oficial de la Iglesia a una postura francamente errónea (e incluso no faltaría quien la tildase de conducta “próxima a la herejía”)... En la actualidad, en cambio, según el criterio de los entendidos en la materia, son cada vez más gravitantes y decisivas las razones que nos liberan de la herencia de temores y prejuicios y nos permiten reconocer que Dios puede depositar la semilla de la vocación al orden sagrado no sólo en los varones sino también en las mujeres.

Mantengamos abierto nuestro espíritu a los mensajes que el Señor nos hace llegar por medio de la Sagrada Escritura y de la auténtica tradición. Así, por ejemplo, si el Apóstol de los gentiles menciona a Febe (que era mujer) y le reconoce el título de diácono como a los diáconos varones (que ejercían funciones jerárquicas), y si, por añadidura, Pablo asevera que en el numeroso grupo de apóstoles (que eran, por supuesto, muchos más de doce), al lado de los varones, ostentaba idéntico título y rol de apóstol una mujer llamada JUNIA, ¿qué margen le queda entonces a un católico, razonablemente informado, para aceptar la enseñanza según la cual, por voluntad divina, las mujeres, por serlo, no pueden acceder al sacramento del orden? ¿Concuerda tal idea con el hecho de que ellas recibieron y ejercieron los “poderes sagrados” en las dos primeras centurias, tan importantes por la cercanía cronológica y doctrinal respecto del divino Fundador, y por la presencia rectora de los apóstoles y sucesores inmediatos, diligentes custodios de la enseñanza y de las órdenes y deseos del Divino Maestro?

A propósito de Junia, la mujer apóstol, no sólo nos instruye la Biblia mediante las palabras de Pablo, sino que también reafirman sus realidades numerosas y calificadas referentes de la tradición patrística. Estos no se detienen en disquisiciones abstractas o teóricas sobre la posibilidad, o no, del caso, pues con toda lógica piensan que “contra el hecho no hay argumento que valga, por más contundente que pretenda ser”.

En las líneas anteriores aludimos al entusiasmo de san Juan Crisóstomo, el gran patriarca del Oriente quien, al referirse a Junia, expresa: “Ser apóstol, es algo grande. Pero ‘ser ensalzada’ entre los apóstoles, ¡qué extraordinaria alabanza significa eso! ¡Cáspita! ¡Aquella mujer debió haber tenido una gran personalidad para merecer el título de apóstol!” (Cfr. Ariel Álvarez Valdés, Enigmas de la vida de san Pablo, p. 101, editorial San Pablo). El Crisóstomo está acompañado por la inmensa mayoría de los Padres de la Iglesia y de los autores de la antigüedad en los comentarios a la Carta a los Romanos. Unánimemente y con total convicción reafirman, primero, que Junia es una mujer y, segundo, que esa mujer es auténticamente apóstol como los otros.

Si una mujer, en el plano de los dones sobrenaturales y de los poderes sagrados, puede recibir lo más: “ser apóstol”, ¿qué sentido tiene enseñar que a la mujer, por ser mujer, le está vedado acceder al sacramento del orden?

Abrigamos la esperanza de que se produzcan en la Iglesia gestos de positiva apertura en este aspecto, como signo de reparación histórica y presagio de copiosos bienes.

Por Rodolfo A. Canitano

dijous, 28 de març del 2013

Dijous Sant

El Sopar Pasqual era compartit per les famílies senceres
AVUI (notícia amb video)

ROMEREPORTS.COM
28 de marzo, 2013

Hoy el papa Francisco ha celebrado la Misa en la cárcel de menores Casal del Marmo, cercana a Roma y ha lavado los pies a doce de los jóvenes que transcurren allí su condena. Según el Vaticano, no todos son católicos. Pertenecen a varias confesiones religiosas.

En la historia, entre las personas a las que el Papa ha lavado los pies había dos chicas, una italiana y otra serbia.

Lavando los pies, el Papa evoca el gesto que Jesús realizó con los doce apóstoles antes de la Última Cena.

Font: http://www.romereports.com/palio/papa-francisco-lava-los-pies-a-12-jovenes-entre-ellos-dos-chicas-de-la-carcel-de-menores-spanish-9606.html#.UVSWqJOQViM

dissabte, 16 de febrer del 2013

Quaresma: Del dol a la dansa


CAMBIASTE MI LUTO EN DANZA
Esa “escuela de danzantes” que llamamos Cuaresma


Dolores Aleixandre

Vivir la Cuaresma desde la insistencia en nuestra necesidad de conversión como única “banda sonora”, puede tener el efecto contrario de lo que pretende y convertirnos (mira por donde…) en gente frustrada por no alcanzar tan altas metas de perfección o, siguiendo la metáfora de la danza, agarrotados tímidamente en un rincón de la sala de baile, torpes de pies y duros de oído para captar la música que intenta seducirnos con su ritmo, incapaces de aventurarnos en un movimiento que no sabemos dónde puede conducirnos.
Biblioteca de l’École Biblique de los dominicos en Jerusalén: dos de mediodía, allá por abril del año 87. La sala desierta y yo sentada delante de una mesa llena de libros y diccionarios, con toda una tarde de estudio por delante y conectada, como único consuelo, a una emisora de música clásica a través de un pequeño transistor.

Desde mi vocación frustrada de directora de orquesta y aprovechando la soledad, me puse a dirigir con la derecha la Sinfonía 40 de Mozart, mientras sostenía un libro con la otra mano. Al cabo de un rato, levanto los ojos y veo a un cura pakistaní, vecino habitual de mesa, parado en el umbral de la puerta mirando hacia mí con asombro. Como de lejos mis pequeños auriculares eran invisibles y sólo percibía el frenesí descontrolado de mi mano, debía pensar: “Esta pobre mujer, tantas horas aquí sentada, ha debido trastornarse un poco…”. Hice como que me rascaba la cabeza para disimular, suspendiendo en el acto el concierto. De entrada, me reí por dentro por lo ridículo de la situación, pero luego empecé a verla como una preciosa parábola: ¿y si la fe fuera la música interior a la que damos oído, que nos hace movernos con un determinado ritmo y a realizar unos gestos incomprensibles para quienes no la escuchan?. Y cuando decae nuestra danza ¿no será porque nos hemos desconectado de la frecuencia del Evangelio?

Recuerdo la anécdota al comenzar esta Cuaresma porque me sigue pareciendo que a este tiempo litúrgico le quedan resabios de las costumbres preconciliares y están presentes más componentes de “luto” que de danza. Es verdad que ya no nos dicen aquello de “Acuérdate de que eres polvo y en polvo te convertirás…”, ni vestimos los santos de morado, ni necesitamos tomar la bula (en el colegio nos advertían que no se podía decir “comprar” porque entonces era simonía, pecado con nombre propio que me resultaba a la vez amenazador e interesante). Quizá cantamos otras cosas en vez del “Perdón oh Dios mío, perdón y clemencia, perdón e indulgencia, perdón y piedad”, pero aún escucho en alguna parroquia el espantoso “No estés eternamente enojado” que sigue grabando en las conciencias la imagen de un dios enfurecido e iracundo, que se aplaca inexplicablemente cuando nos ve haciendo el Via Crucis o comiendo los viernes pescadilla en vez de pollo.

Pero eso no son más que anécdotas intrascendentes, porque creo que hay algo que nos paraliza más es una excesiva y monotemática insistencia en los aspectos éticos del cristianismo, que hacen de él una cuestión fría y sin alegría. Comentando las consecuencias de fomentar casi únicamente los “imperativos” en vez de los “indicativos”, dice Klaus Berger: “Es probable, que esta “espiritualidad”, quizá no precisamente dichosa, requiera la ayuda que puede llegarle del modelo del amor y la alegría. Pues probablemente por eso hablan tanto los místicos del siglo XII de amor, de amistad, de abrazar y besar, de alegría contagiosa y de la ternura del corazón: porque la seriedad de la vida austera siempre corre el peligro de malograr el alegre mensaje del Evangelio.(…) Posiblemente son dos las expresiones fundamentales de la espiritualidad cristiana. Una está orientada al Viernes Santo, por mencionar un lugar común, y pone en el centro el pecado, la culpa, el juicio vicario sobre Jesús y la sentencia absolutoria. La otra está orientada hacia la Pascua y pone en el centro la alegría, la bienaventuranza, la transformación y la risa que tiene por objeto la muerte y el diablo. Y no se trata de contraponerlas entre sí, sino de reconocerlas como formas complementarias de piedad.” ["¿Qué es espiritualidad bíblica?. Fuentes de la mística cristiana." Sal Terrae, Santander 2001, 202.204]

Vivir la Cuaresma desde la insistencia en nuestra necesidad de conversión como única “banda sonora”, puede tener el efecto contrario de lo que pretende y convertirnos (mira por donde…) en gente frustrada por no alcanzar tan altas metas de perfección o, siguiendo la metáfora de la danza, agarrotados tímidamente en un rincón de la sala de baile, torpes de pies y duros de oído para captar la música que intenta seducirnos con su ritmo, incapaces de aventurarnos en un movimiento que no sabemos dónde puede conducirnos.

“¿A quién se parecen los hombres de esta generación? ¿A quién los compararemos? Se parecen a unos niños que, sentados en la plaza, gritan a otros: “Tocamos la flauta y no bailáis, cantamos lamentaciones y no lloráis”. (Lc 7,31-32). Así se quejaba Jesús, tratando de sacudir, por medio de un refrán popular, la incapacidad de los que le oían para salir de su anquilosamiento y comenzar a moverse en otra dirección diferente de la que esclerotizaba su mente.

Aquí está de nuevo la Cuaresma, dándonos la buena noticia de que tenemos otra oportunidad para danzar, como la tuvo para dar fruto aquella higuera estéril de la parábola de Jesús (Mt 21,18-19). Otra vez resuena en nuestros oídos la invitación de la carta a los Hebreos: “Así pues, nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos acorrala; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el iniciador y consumador de la fe, en Jesús.” (Hb 12,1-2) El término griego archegós evoca al que va delante, al cabeza de fila, al que inicia la danza, podríamos traducir nosotros, sin equivocarnos demasiado.

Estas páginas van a tener como telón de fondo cinco lugares a los que nos convocan los evangelios domingos de Cuaresma: el desierto de Judea, la montaña de la transfiguración, el pozo de Siquem, la alberca de Siloé y la tumba de Lázaro.

Son lecturas que nos sabemos de memoria (¿otra vez la samaritana? ¿otra vez el ciego de nacimiento? ¡Son larguísimas…!). De ahí la propuesta de aproximarnos a ellas solamente desde alguno de sus ángulos, sin la pretensión inútil de abarcarlas o agotarlas. Entraremos en cada escena por alguno de sus resquicios, tratando de escuchar la música que las habita, sin escapar de las notas desestabilizadoras que resuenan en ellas, aunque nos creen incomodidad y desconcierto. Asociamos espontáneamente la presencia de Jesús al perdón, la paz, la reconciliación o la misericordia y es cierto que en él encontramos centramiento, armonía y luz. Pero los textos que vamos a leer nos descubren que también lo excéntrico, lo paradójico, lo imprevisible, lo inconveniente o lo intempestivo pueden llevar “marcas” de su presencia y pueden movilizar lo mejor de nosotros mismos, con tal que nos dejemos llevar por su ritmo.

En algunos de esos “escenarios de danza” oiremos además otras voces que desde la poesía, la teología o la espiritualidad “eleven los decibelios” de la melodía evangélica y hagan irresistible en nosotros el deseo de danzar. Aquí va, como pórtico, uno de esos textos:

BAILE DE LA OBEDIENCIA
Si estuviéramos contentos de ti, Señor, no podríamos resistir a esa necesidad de danzar que desborda el mundo y llegaríamos a adivinar qué danza es la que te gusta hacernos danzar, siguiendo los pasos de tu Providencia.
Porque pienso que debes estar cansado de gente que hable siempre de servirte con aire de capitanes; de conocerte con ínfulas de profesor; de alcanzarte a través de reglas de deporte; de amarte como se ama un viejo matrimonio.
Y un día que deseabas otra cosa inventaste a San Francisco e hiciste de él tu juglar. Y a nosotros nos corresponde dejarnos inventar para ser gente alegre que dance su vida contigo.
Para ser buen bailarín contigo no es preciso saber adónde lleva el baile. Hay que seguir, ser alegre, ser ligero y, sobre todo, no mostrarse rígido. No pedir explicaciones de los pasos que te gusta dar. Hay que ser como una prolongación ágil y viva de ti mismo y recibir de ti la transmisión del ritmo de la orquesta. No hay por qué querer avanzar a toda costa sino aceptar el dar la vuelta, ir de lado, saber detenerse y deslizarse en vez de caminar. Y esto no sería más que una serie de pasos estúpidos si la música no formara una armonía.
Pero olvidamos la música de tu Espíritu y hacemos de nuestra vida un ejercicio de gimnasia; olvidamos que en tus brazos se danza, que tu santa voluntad es de una inconcebible fantasía, y que no hay monotonía ni aburrimiento más que para las viejas almas que hacen de inmóvil fondo en el alegre baile de tu amor.
Señor, muéstranos el puesto que, en este romance eterno iniciado entre tú y nosotros, debe tener el baile singular de nuestra obediencia. Revélanos la gran orquesta de tus designios, donde lo que permites toca notas extrañas en la serenidad de lo que quieres.
Enséñanos a vestirnos cada día con nuestra condición humana como un vestido de baile, que nos hará amar de ti todo detalle como indispensable joya. Haznos vivir nuestra vida, no como un juego de ajedrez en el que todo se calcula, no como un partido en el que todo es difícil, no como un teorema que nos rompe la cabeza, sino como una fiesta sin fin donde se renueva el encuentro contigo, como un baile, como una danza entre los brazos de tu gracia, con la música universal del amor.
Señor, ven a invitarnos.
(Madeleine Delbrel)
Via Eukleria 

dilluns, 24 de desembre del 2012

Maria, anaphônein


"El episodio de la Visitación de María a su prima santa Isabel ofrece una lectura más profunda de lo que aparece a simple vista. No se trata sólo de un afectuoso y cordial saludo entre dos primas embarazadas, sino de una profecía que se cumple y que apunta a un cumplimiento futuro más pleno. Dice el texto: “Isabel, llena del Espíritu Santo, levantó la voz con gran clamor y dijo: Bendita entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lc 1:41-43). Para introducir el saludo de Isabel, Lucas utiliza el verbo “anaphônein” que es una palabra rara en la Biblia y que pertenece exclusivamente al vocabulario litúrgico, al canto de los levitas llevando el Arca de la Alianza (1Cr 16:4, 16, 6.42, etc). “Todo Israel acompañó al Arca de la Alianza, cantando al son de los cuernos, las trompetas y los címbalos, aclamando (anaphônountes) al son de liras y cítaras” (2 Cr 5:13). Cuando David decide trasladar el Arca desde la casa de Aminadab a Jerusalén, “danzaba con todas sus fuerzas y cantaba al son de cítaras, arpas y panderos…”, y se preguntó: “¿Cómo podrá entrar a mí el Arca del Señor?” (2 Sm 6:9). Lucas nos está describiendo la subida presurosa de María a la montaña de Judea (Lc 1:39), con el trasfondo de la subida del Arca hasta Jerusalén. Así como el Arca de la Alianza se alojó durante tres meses en casa de Obededón y le fue motivo de bendición y prosperidad, la estancia de María, “la Madre del Señor”, también durante tres meses en casa de Zacarías es causa de alborozo del niño Juan en el seno de su madre y del cumplimiento de la promesa que Dios había hecho a Zacarías. Si en la escena de la Anunciación María aparece como “Templo”, en la de la Visitación se nos sugiere como “Arca” de la nueva y definitiva Alianza."

Aixï es comprén millor el sentit bíblic de la invocació a María com a “Foederis archa” (Arca de l'Aliança) en la letanía lauretana.

(L'explicació és de Josep Laplana, en el seu comentari diari d'una obra d'art religiós al Facebook, un bon enllaç per a qui tingui moltes ganes d'aprendre i/o aprofundir en la fe a través de la bellesa).

divendres, 14 de desembre del 2012

Genèrics

GENÉRICOS
DOLORES ALEIXANDRE,2-12-2012, Alandar

Voy a decir lo que sigue en voz baja y a escribirlo con lápiz y letra pequeña para que quede entre nosotros: me parece que Dios es un genérico. Voy a repetirlo de otra manera aún más discreta para evitar posibles represalias mafiosas de alguna multinacional farmacéutica: Dios ha elegido estar entre nosotros en formato de genérico. En vez de incorporar el principio activo y la biodisponibilidad de su presencia a alguna corporación reconocida y poderosa (fariseos, sacerdotes o escribas que eran entonces las Bayer, Merck o Roche de hoy), prescindió de la protección de sus patentes y, para estar al alcance de todo el mundo, corrió el riesgo de comercializarse a precio ínfimo y con margen cero de beneficio. (Si a alguien le escandaliza esto de la comercialización, le recuerdo aquella antiquísima antífona de la liturgia navideña que llama a la encarnación admirabile commercium entre Dios y nosotros).

Hoy resulta decisivo el lanzamiento promocional de lo que sea: un medicamento, un famoso, una película o un libro y de cómo se haga esa campaña dependerá la clave de su éxito y su prestigio futuro. Se supone que para promocionar el “evento Jesús” habría que cuidar al máximo las estrategias: cuál sería la población diana, qué emociones despertar, qué sueños poner en marcha, cómo presentar sus rasgos más seductores y lo más impactante de su mensaje.

Al evangelista Lucas le tocó hacer de cronista de la campaña y, dada la rareza de las cosas que pasaron, va preparando poco a poco a los lectores para que no se le desquicien: presenta primero al venerable Zacarías con todos los atributos y cachiperres de la más rancia estirpe: de casta sacerdotal, residente en Jerusalén, con su barba y su incensario y oficiando solemnemente en el templo. A continuación aparece María, genérica total, diminuta e insignificante: joven, pueblerina y domiciliada en una aldea perdida de Galilea, comarca cuajada de indignados y de rebeldes anti-sistema. Pero, mira por dónde, es ella y no el honorable Zacarías la inundada de gracia y la elegida para vivir a la sombra del Espíritu; es ella la primera en escuchar el nombre de Jesús y la invitada a presenciar y participar en la primera mañana de la nueva creación. Ya empiezan a descolocarse las cosas para nuestros ordenados criterios.

Luego llegó la “operación lanzamiento” del Dios-con-nosotros. Qué desatinado y desconcertante resultó su diseño: por qué Belén, por qué un pesebre en una cuadra; por qué en medio de la oscuridad y el anonimato de la noche. Por qué en la peor franja horaria en vez de en el cenit resplandeciente del mediodía y la audiencia; por qué en el extrarradio y no en Eurovegas o en el World Trade Center de Jerusalén. Por qué recibieron su anuncio unos indocumentados y no la gente conglamour, la clase docta, religiosa, pudiente y refinada, capaz de influir en el vulgo. Sin consultar al G8, ni a los lobbies de poder, al FMI o al Banco Mundial. Sin hacer un cálculo del daño irreparable que iba a sufrir la marca Emmanuel y de sus consecuencias en la reacción de los mercados.

Aquella noche fue un “especial genéricos”, destinado a los que nunca verán su foto en el Huffington Post o en la revista Forbes; a los que nunca se sentirán aludidos al leer: “Marca la diferencia. Haz un master”, o “Acostúmbrate a sentirte único”, porque su destino no es ser ni diferentes ni únicos, sino rellenar estadísticas: el 25% en situación de riesgo, el tercio que no llega a fin de mes, los amenazados por desahucio o que ya han perdido la tarjeta sanitaria.

Los signos de la gloria del Emmanuel serán también para ellos: apiñados en torno a Jesús le escucharán proclamarlos “dichosos”, probarán el mejor de los vinos en una boda de pueblo, se sentarán en la hierba y comerán sardinas y pan hasta saciarse.

Estaba con ellos el que no había retenido ávidamente su denominación divina de origen, el que se había despojado de todo prestigio, el que había elegido estar entre nosotros como uno de tantos, como el último del ranking. Y por eso recibió el nombre sobre todo nombre y la marca sobre toda marca.

divendres, 11 de maig del 2012

Rut y Noemí: dos viajeras cómplices


Caminar juntas, unas generaciones junto a otras, con Ruth y Noemí

Dolores Aleixandre rscj

Una preciosa narración bíblica nos pone en contacto con dos mujeres de muy diferente edad (Noemí mayor y Rut joven) que caminaron juntas por la vida en una relación de afecto, apoyo mutuo y colaboración. Noemí había emigrado de Belén a Moab, se había quedado viuda y sin hijos y se volvía a su tierra en una difícil situación de precariedad. Entonces Rut, su nuera, decide acompañarla:“Donde tú vayas, yo iré y donde vivas, viviré; tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios”. Emprenden juntas el retorno y en la historia que sigue contemplamos a Rut trabajando para Noemí y a ésta “empoderando” a su nuera, hasta que las dos consiguen como meta de su viaje en común, bendición y fecundidad.

En el viaje de nuestra vida, acompañamos y somos acompañados por muchas personas y en esos intercambios aprendemos unos de otros y compartimos saberes y experiencias. Para ello necesitamos ir más allá de prejuicios acerca de los límites de cada edad (“¿Cómo un/una joven puede aportarme algo?”; ó: “Una persona mayor ¿cómo va a comprender los problemas de la juventud?”). Si conseguimos romper esas barreras, descubriremos cuánta riqueza de intercambios de experiencias y qué sorprendente fluido de relaciones puede establecerse entre personas de muy diferentes edades y procedencias.

Via Eukeria

dimarts, 1 de maig del 2012

Això sí que és un objectiu

Un objectiu... un advertiment... una crida.... o el record de la nostra missió.

Perquè cadascú s'ho apunti en lletra ben gran (i amb retolador fosforescent, si vol) al capdamunt de la seva llista d'objectius. 


Querido Hermano/a que tu vida sea Testimonio en todo tiempo, de que CRISTO VIVE!

Si una imatge val més que mil paraules, imagineu una pel·lícula que sigui TOTA LA VIDA!!

Que Déu ens concedeixi esdevenir una reedició fidedigna dels Evangelis, amb paraules i il·lustracions ben intel·ligibles per a tots aquells que es relacionin amb nosaltres.

diumenge, 27 de novembre del 2011

¿Para qué sirve un hipopótamo?


Juan María Tellería Larrañaga

http://www.lupaprotestante.com, 27-1-2011

de Juan María Tellería Larrañaga, profesor y decano del CEIBI (Centro de Investigaciones Bíblicas), Facultad de Teología Protestante.

Contempla ahora a Behemot, a quien hice igual que a ti (Job 40, 15).

Lo sé. Si me atreviera a plantear esta misma pregunta a un amigo que tengo, que no solo es un cristiano convencido, sino un excelente biólogo profesional y vocacional, seguro que no le haría demasiada gracia. Más aún, me daría una respuesta amplia y detallada sobre la importancia del hipopótamo en el ecosistema africano, de tal manera que me quedaría más que convencido de su valor y su incidencia en otras formas de vida.
En realidad, lo mismo sucedería si le preguntara para qué sirve un león, un águila, una gacela, un asno salvaje, un avestruz, un caballo o un cocodrilo. En una palabra, los animales que aparecen en los capítulos 38-41 del libro de Job, aquellos que contienen la intervención divina y la respuesta que da Dios a los interrogantes de aquel antiguo patriarca. O mejor dicho, la respuesta que NO da Dios a aquellos interrogantes. En realidad, les da otra muy diferente de la que Job probablemente esperaba. Y lo más importante de todo: una respuesta que sigue siendo válida para nosotros hoy frente a la gran pregunta, la misma que en su día se planteaba Job: ¿por qué sufrimos? O personalizándola un poco más: ¿por qué sufro (se entiende, yo, que no lo merezco)?

diumenge, 9 d’octubre del 2011

Una fiesta accidentada


 

Una fiesta accidentada


"Id y avisad a toda esta lista de  invitados que vamos a celebrar las bodas de mi hijo. Les diréis que he preparado un banquete de platos sabrosos y de buenos vinos."

No quieren venir... No quieren venir... No quieren venir... No quieren venir...

“Mejor será que vayáis otros. Explicadles que ya tengo preparado el convite, que ya he hecho matar los terneros y las aves. ¡Que está todo a punto!”